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La epidemia de los opiáceos

Félix Tuidara

De Energy Control

La epidemia de los opiáceos
Foto: Laura Aranda
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Hay un problema en Norteamérica, principalmente en Estados Unidos: la prevalencia de usuarios de opiáceos y opioides y la cantidad de estos usuarios que termina abusando de ellos. Los opiáceos son una familia de fármacos derivados o provenientes de la planta del opio, que se usan para tratar el dolor; los opioides son sustancias que también son analgésicas pero que no provienen del opio.

Aunque al hablar de este consumo problemático algunos rápidamente echan las culpas a la heroína, la sustancia con peor reputación de esta familia, parece ser que el problema que causó más de veinte mil muertes en el 2015 no viene solo de aquí. De hecho, el consumo de esta sustancia es casi igual en España que en Estados Unidos. Según el Plan Nacional Sobre Drogas, en España, un 0,7% de usuarios entre quince y sesenta y cuatro años admiten haber probado alguna vez la heroína (2013), mientras que en Estados Unidos, según el NSDUH, esta cifra está entre el 0,1 y el 0,7%. En este artículo exploramos el complejo enigma de la epidemia de los opioides, concluyendo con una breve descripción de una sustancia de la que cada vez se habla más en los medios: el fentanilo.

Si crecen mal las muelas del juicio, hay que quitarlas. A nadie le entusiasma el proceso, pero si es necesario se hace el trayecto al dentista y se vuelve a casa sin muelas, con dolor unos días y seguramente con unos cuantos ibuprofenos para pasar el mal trago. Si duele mucho siempre se puede pedir algo más fuerte, como dexketroprofeno o, en los casos más extremos, algo de codeína (un opiáceo leve, proveniente de la planta del opio). Así es el proceso, al menos en España, pero en Estados Unidos es más típico salir de la clínica con una receta de oxicodona o hidrocodona, la misma droga a la que es adicto el ficticio Dr. House. No es que duela más sacarse muelas en Estados Unidos, sino que la venta de analgésicos es muy lucrativa. Más de un tercio de la población del país recibió una receta de opiáceos en el 2015. A nivel mundial, se emitieron aproximadamente trescientos millones de recetas, que alimentaron un mercado de veinticuatro mil millones de dólares, de los cuales el 95% se reparte entre Estados Unidos, Canadá y el oeste de Europa.

No está del todo claro por qué los opiáceos se recetan y venden mucho más en Estados Unidos, el país del capitalismo, pero hay una serie de hechos que seguramente contribuyen a ello. En 1895, Bayer empezó a vender heroína sin necesidad de receta médica. Según los anuncios de Bayer, la sustancia era un “sustituto no adictivo de la morfina”. A principios de siglo, Bayer cesó la producción en masa de heroína médica, ya que rápidamente se demostró que no era un sustituto muy apto. En la búsqueda de un sucedáneo apto para la heroína, en 1916 se sintetizó por primera vez la sustancia oxicodona, aunque la industria no demostró haber aprendido mucho de errores cometidos en el pasado. Se comercializó a partir del 1917, pero no fue hasta el 1996, cuando Purdue Pharma introdujo OxyContin (versión de liberación prolongada de oxicodona), que ganó popularidad masiva. En el 2007, Purdue perdió un juicio y tuvo que pagar una multa de seiscientos millones de dólares por “engañar al público sobre el riesgo de adicción de OxyContin. Un golpe muy pequeño comparado con los treinta y un millones de dólares que ha generado hasta día de hoy para Purdue. En Estados Unidos, el opiáceo de uso recreativo más popular es la oxicodona; este país consume un 82% de la producción mundial de este producto.

Fentanilo

La solución obvia puede parecer dejar de recetar opiáceos para evitar que la gente se enganche, pero nos topamos con un desconcertante problema: a día de hoy son la clase de fármacos más efectiva para tratar el dolor no neuropático; ¡su efectividad es inigualable! Intentar reducir la cantidad de recetas emitidas también parece una medida de prevención lógica, que se topa con otro problema, al menos en Estados Unidos: en ese país hay una gran cantidad de gente que vive del trabajo manual y que carece de un seguro decente o plan de jubilación. Cuando alguien lleva años trabajando, por ejemplo en la obra, es normal que le empiecen a aparecer dolencias relacionadas con el trabajo físico y se dirija al médico. El médico seguramente le recomendará dejar el trabajo, ir a terapia de rehabilitación física y/o analgésicos para el dolor. Desafortunadamente, para el trabajador que no puede cobrar invalidez ni jubilarse ni pagarse rehabilitación, la única opción son treinta pastillas al mes para ir tirando. Cuando con el tiempo desarrolla tolerancia al analgésico (cuanto más tomas un opiáceo, menos efecto hace), le han de subir la dosis, y así sucesivamente. Llega un día en el que el trabajador se topa con la máxima receta mensual de opiáceos (una medida en teoría implementada para reducir el consumo recreativo); en ese momento se da cuenta de que tiene dos opciones: quedarse con la dosis máxima pero inefectiva o suplementar su receta con pastillas obtenidas de manera ilícita. El problema es que en el mercado negro las pastillas analgésicas son muy caras (un comprimido de oxicodona llega a valer cincuenta dólares), y al final la opción más lógica es pillar heroína; después de todo, tiene unos efectos, estructura y dosis parecidos, y es mucho más barata.

Como consecuencia de esta epidemia, hay señales de que el consumo mundial de heroína se ha incrementado hasta el punto de que hay más demanda que oferta. Esta demanda se ha satisfecho en parte por la adición de cortes a la heroína por parte de aquellos que la venden, para así incrementar la cantidad disponible. Hay cortes más o menos inofensivos, como la cafeína o el manitol, pero cada vez más detectamos muestras que contienen fentanilo.

El fentanilo es un opioide que, además de ser muy potente y ser usado en pequeñas dosis para tratar el dolor, es muy barato y fácil de producir de forma ilícita. Como consecuencia, algunos distribuidores están añadiendo fentanilo a la heroína en pequeñas cantidades pero de manera no homogénea. Es muy difícil unir dos polvos y que queden perfectamente mezclados, y quedan puntos con una cantidad elevada de fentanilo. Esto suele resultar en una sobredosis si un usuario consume una muestra de heroína adulterada, por mucho que tome la misma dosis de siempre. Además, el fentanilo es menos eufórico que la heroína y algunos usuarios tienden a consumir más cantidad hasta llegar a dosis peligrosas sin darse cuenta. Un gramo de fentanilo son hasta ochenta mil dosis, es fácil de esconder y transportar, y se puede conseguir por un precio muy bajo.

El problema del uso excesivo de opiáceos y opioides está cada vez más extendido en Estados Unidos, y el número anual de muertos por sobredosis relacionadas con este consumo es mayor cada año. Podemos pensar que en Europa no puede presentarse una situación similar, puesto que las causas de este consumo se explican por las particulares circunstancias de Estados Unidos y, particularmente, de su sistema sanitario. Sin embargo, haríamos bien en estar atentos a posibles cambios en el futuro. Mientras disfrutemos de un sistema sanitario eficiente y sin coste adicional para según qué tratamientos, existan medidas efectivas para la prevención del marketing engañoso de fármacos y continúe la ausencia de una cultura de consumo de opiáceos, en el resto de los países podemos estar relativamente tranquilos. Pero, ¡ojo!, esto podría no ser siempre así. ¿Si se dieran ciertos cambios en nuestras circunstancias, seguiremos siendo inmunes a la epidemia de los opiáceos?

Referencias

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