Estamos trabajando en una nueva versión de Cáñamo. ¡Disculpa las molestias!

It follows
It follows

De ‘It follows’ a ‘Hereditary’: renovando el canon del escalofrío

Iván Vila
Este artículo se publicó originalmente en el número 248 de la revista Cáñamo España

¿Será consecuencia de la larga crisis económica y sus fantasmas? ¿O más bien fruto del salto generacional de una cinefilia formada a partir de las perlas del terror setentero USA, pero que por edad no las ha saboreado como estrenos sino ya como clásicos? ¿O simplemente estamos ante la culminación de un largo proceso en el que, desde finales de los noventa, el fantástico cada vez ha ido ganando terreno ya no solo entre el público, sino también entre la crítica? Dejaremos las hipótesis para analistas más sesudos y perspicaces. El caso es que el cine de terror atraviesa un momento dulce, tanto por calidad como por calidad, salpimentado de nuevas cumbres que obligan continuamente a abrir hueco en el canon del género, la última de las cuales, la estremecedora Hereditary (Ari Aster, 2018), aún se puede ver en salas. 

Repasamos aquí las que tal vez sean las más rotundas aportaciones a la variante más rigurosamente terrorífica del género en el último lustro. Son un puñado de joyas con las que erizar el espinazo, capaces de escarbar bajo una superficie a menudo juguetona para hacer aflorar miedos mucho más profundos. Y sustentadas, mucho más que en el clásico golpe de efecto, en sofisticados despliegues atmosféricos a base de puestas en escenas tan rotundas y dispositivos sonoros tan elaborados que sorprende que muchos de sus responsables sean cineastas debutantes. 

‘It follows’: maldición adolescente 
Cuando se estrenó en el Festival de Sitges, en el 2014, It follows, el desarmante debut de David Robert Mitchell, fue comparada con las mejores aportaciones de John Carpenter. No es para nada una comparación descabellada. Mitchell propone una puesta al día de muchos de los postulados temáticos, visuales y musicales de aquel cine de terror USA de los setenta y los ochenta. Pero evita instalarse en el cómodo territorio de la cita cómplice y la recreación formularia en la que caen tantos remedos recientes de los hits de aquella década y media prodigiosa, y acaba llevando su paranoica, pesadillesca fábula de maldiciones adolescentes incrustadas al despertar al sexo y sus peligros a otro lugar, a un terreno mucho más oscuro y desasosegante que las aventurillas juveniles finalmente confortables de, por ejemplo, It (Andy Muschietti, 2017) o Stranger Things, la serie de los hermanos Duffer. Un lugar del que, una vez se ha entrado, ya no hay manera de salir. 

Babadook
Babadook

‘The Babadook’: un monstruo viene a verte 
La otra sensación de ese mismo Sitges 2014 también fue obra de una debutante, la australiana Jennifer Kent, que con su cuento de terror frenopático consiguió impresionar al mismísimo William Friedkin. Y no es moco de pavo que el director de El exorcista la califique de la película más terrorífica que ha visto. Como la obra maestra de Friedkin, The Babadook se vertebra alrededor de una desquiciada relación paternofilial, pero, en su juego para constatar que el hecho de que los monstruos sean transita territorios más cercanos a los de David Lynch o, sobre todo, el Roman Polanski de Repulsión o El quimérico inquilino. Kent se basta y se sobra con dos actores exigidísimos, Essie Davis y el niño Noah Wiseman; una climática puesta en escena, minimalista pero abigarrada, y un monstruo con tanta fuerza visual como metafórica, para levantar un desasosegante ejercicio de horror puro y convencernos a pies juntillas de su tesis: la de que los demonios de la mente, no por ser fruto de nuestra imaginación, son menos temibles ni menos reales. 

La bruja
La bruja

‘La bruja’: el mal, en su salsa 
Dos películas cosecha del 2011 operan como piedras fundacionales de sendas fructíferas tendencias del último cine de terror. Así, si Expediente Warren, de James Wan, se ha erigido en el modelo a seguir para un cine de terror concebido como una montaña rusa de emociones fuertes, The Lords of Salem, de Rob Zombie, es el epítome de un nuevo cine sobre brujería y satanismo, moralmente ambivalente y perturbador a niveles profundos, que ya ha dado desde entonces unas cuantas piezas de caza mayor. La bruja (2015), la sofisticada y espeluznante ópera prima de Robert Eggers, plantea una variante de época del film de Zombie. Ambientada en la Nueva Inglaterra puritana y supersticiosa del siglo XVII, la de los sumarísimos juicios de Salem en los que bastaba un rumor o una maledicencia para ser acusado y condenado por brujería, documenta la implacable destrucción de una familia sometida al asedio del miedo, la pobreza y el extremismo religioso, combinación perfecta como caldo de cultivo del mismo mal que se pretende exorcizar. 

‘El extraño’: maratón mutante 
De Na Hong-jin conocíamos su aplomo para el thriller, acreditado con las rotundas The chaser (2008) y The yellow sea (2010). Pero con El extraño (2016), el surcoreano demostró poseer una asombrosa versatilidad. No solo por el cambio de tercio que suponía abordar por primera vez una trama trufada de maldiciones y magia negra, variante asiática de ese nuevo cine sobre brujerías y satanismos, sino porque el propio film es un artefacto mutante que va cambiando continuamente de tono, de ritmo e incluso de género, basculando de la comedia al drama y del thriller al fantastique más alucinado con una fluidez pasmosa. Tanta, que sus dos horas y media, una duración maratoniana que a priori podría considerarse suicida para un film de terror, que es lo que es por encima de todo, transcurren sin que el espectador sea capaz de parpadear o de salir de su asombro. 

‘Crudo’: lo bello y lo poco hecho 
Como It follows y La bruja, Crudo (2016) –primer largometraje de la francesa Julia Ducournau– propone una lectura en clave fantástica de las zozobras de la adolescencia femenina. En cabeza, las provocadas por el despertar al sexo, claro, aunque, esta vez, en clave antropofágica. Ducournau se mueve a medio camino del De Palma de Carrie, el terror extremo francés de la pasada década y el fetichismo por las transformaciones físicas propio de David Cronenberg, profeta fílmico de la “nueva carne”. Pero le inyecta a su película una belleza visual fuera de norma en una propuesta tan visceral, y, para rematar el menú, un sibilino y afilado, aunque nada confortable, sentido del humor, con hilarantes puyas al activismo vegano incluidas. 

Déjame salir
Déjame salir

‘Déjame salir’: la bestia de la hipocresía 
El pasado marzo, en la edición de los premios de la Academia en la que más protagonismo ha tenido el fantástico, el Oscar al mejor guión original se lo llevaba por primera vez una película de terror. Era la culminación al triunfal recorrido de Déjame salir (2017), debut tras la cámara del también humorista Jordan Peele que se ha convertido en la joya de la corona de la Blumhouse, la productora independiente que en los últimos años más éxitos de bajo presupuesto ha encadenado sin salirse del fantástico. Peele –productor, director y oscarizado guionista– levanta un monumento: una juguetona propuesta de sci-fi y horror puro digna de Richard Matheson y del Rod Serling de The Twilight Zone, en la que el desasosiego más absoluto liga perfectamente con una sátira política que tiene como diana no a la desagradablemente extremista América trumpiana, que sería lo fácil, sino a la biempensante progresía ilustrada, que si pudiera seguiría votando a Obama, y a su rampante hipocresía. 

‘Un lugar tranquilo’: en boca cerrada... 
Sin lecturas psicoanalíticas, subtextos sociológicos, sátira política ni coartada o enriquecimiento temático de por medio que valgan, el actor John Krasinsky se entrega en Un lugar tranquilo, su primer largometraje tras la cámara, a un ejercicio de suspense de abrumadora eficacia, sustentado en una filmación y un montaje orquestados con precisión de metrónomo, y en un despliegue sonoro que no podría estar más justificado, a tenor del argumento, mínimo, como los diálogos: una familia sobrevive aislada en un mundo devastado por unos monstruos que solo atacan lo que oyen, de modo que la supervivencia depende de no hacer el más mínimo ruido. La madre, por cierto, está embarazadísima, y no hay epidurales a mano. Culminada, como es de imaginar, con la inolvidable y ya icónica escena del angustioso parto, pocas veces una serie B ha encadenado una escalada de set pieces destrozauñas tan memorable. 

Hereditary
Hereditary

‘Hereditary’: lo irrespirable 
Con su desconcertante y extrema primera película, el norteamericano Ari Aster acredita un dominio del lenguaje cinematográfico y de los referentes del género sorprendentes en cualquier caso, y mucho más en un cineasta novel. Saludada como un nuevo ocho mil del género, Hereditary, como The Babadook o La bruja, con las que comparte también su gusto por el fatalismo, escruta en los rincones más oscuros de la institución familiar y propone los traumas abiertos por la culpa y la pérdida de un ser querido como imparables motores de (auto)destrucción. Con la complicidad de una Toni Collette sobrenatural, Aster hilvana una vertiginosa sucesión de convulsiones, alguna de ellas irrespirable, de las que no es fácil salir indemne, acercándose con la misma falta de prejuicios al Polanski de La semilla del diablo (1968) o al Nicolas Roeg de Amenaza en la sombra (1973), que a Michael Haneke o incluso a Stanley Kubrick, que son a quienes remite la cartesiana frialdad con la que cartografía ese desmembramiento familiar rematado con un clímax pavoroso.