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Pareja abierta
Ilustración: Cristóbal Fortúnez
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“Pareja abierta”, dijo Marcelo. Ya sé que llevo casi cinco meses acostándome con Violeta y casi cuatro sin acostarme con él, pero desde que volvimos de Barcelona Violeta está entregada a la militancia cannafeminista, y Marcelo me rehúye y no hace más que salir a correr y hacer flexiones. Cuando lo conocí fardaba de estar en contra del deporte, ahora se ha comprado unas mallas negras y una camiseta amarilla fosforito y presume de entrenar para la San Silvestre.

A mí me da pereza perseguir a un hombre y he tratado siempre de no caer en relaciones atormentadas, en ese no querer cuando te tengo y en ese desearte cuando me faltas. Sin embargo, desde que pasa de mí pienso en él y siento por debajo del ombligo un hueco del tamaño de un puño.

El otro día tuve un sueño muy agitado, me encontraba con Marcelo en un pinar, le arrancaba el ridículo uniforme de corredor y ponía su mano en mi entrepierna de la que brotaba un chorro continuo de flujo que se escapaba entre sus dedos. Estábamos los dos desnudos y recuerdo que me llamó la atención el volumen en reposo de su polla, era enorme pero no estaba ni siquiera morcillona. “¿Es que no te gusta mi culo?”, le pregunté mientras me tumbaba bocabajo clavándome las agujas de los pinos en mis pechos y en mis muslos. Marcelo estaba como si se hubiera fumado cuatro pipas de BHO y de pronto me abrió las piernas y en lugar de penetrarme me sorprendió llenándome de tierra la raja del culo. “¿No tendrá lombrices esta tierra, no?”, le pregunté justo antes de despertarme. Medio dormida me fui a buscarlo en bragas y le dije: “Quiero un hombre de verdad dentro de mí, necesito con urgencia que me llenes este hueco”. Entonces fue cuando Marcelo me dijo que había estado pensando y que, ya que yo no compartía a Violeta, lo mejor era ser una pareja abierta. Me abalancé sobre él, pero nada. Se calzó sus zapatillas de footing y como un suspiro fosforescente salió a correr.

No soy de esas mujeres que esperan frente al mar que su hombre regrese. Antes de conocer a Marcelo yo estaba a punto de terminar mi tesis doctoral sobre el adjetivo en el siglo dieciocho y tenía una pandilla de compañeros de la universidad con una intensa vida nocturna. Miré en mi teléfono su grupo de wasap y esa misma tarde habían quedado para ver El viajante, una película iraní. Me apunté y todos celebraron mi reaparición después de casi un año de silencio. “Te hacíamos ya casada y con un bebé”, me dijeron y se hizo la oscuridad y empezó la película. Una violación en Teherán, de eso iba. La peli era muy buena, pero yo hubiera preferido ver La La Land, algo cursi y colorido que me devolviera la fe en el amor y en el baile en pareja.

Ya en el bar, después del obligado debate acerca de las diferencias culturales entre España e Irán, quisieron saber qué había sido de mi vida. No les conté mucho, pero coincidieron en que era apasionante; Ramiro y Cloe hasta me llegaron a pedir trabajo: “Seremos vuestros esclavos a cambio de que nos enseñéis a cultivar”. Los siete habían terminado sus tesis, pero solo dos tenían un contrato como becarios en la universidad, los otros cinco alternaban empleos de teleoperador, camarero, comunity manager y lo que saliera. Ramiro ganaba más que ninguno paseando perros. Como cundió el desánimo saqué mi vaporizador y ya no pararon de preguntar. “Quedo con vosotros para que me hagáis olvidar mi vida con un fumeta y ahora queréis que os lo presente”.

Nos despedimos prometiendo vernos pronto y me marché a casa un poco afectada por el vapor y la cerveza, pensando que mi vida no estaba tan mal y que iba a convencer a Violeta para que admitiera en nuestra cama al bueno de Marcelo. Y entonces, al entrar por la puerta de la nave, me encontré a Marcelo dándole por detrás a Violeta. Al verme los dos se rieron. Yo agarré la manguera y abrí el grifo al máximo de presión y no paré hasta que se despegaron, y más aún, los perseguí hasta que salieron por la puerta y la manguera no dio más de sí.

Vaya asco de vida la mía.

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