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Clarita atada por la policía
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Abrí la puerta y me encontré con tres tipos mal encarados. “Policía”, dijo uno de ellos blandiendo una placa, mientras otro me apartaba de un empujón y el tercero se colaba hasta nuestro jardín. Sin más explicación se pusieron a arrancar las matas y a meterlas en unas bolsas enormes, como esas que se utilizan para guardar cadáveres. Me sentaron a la fuerza en una silla y me ataron con una cuerda las manos al respaldo.

El que se había identificado como policía daba vueltas a mi alrededor preguntándome dónde guardábamos el dinero. Yo estaba en pijama y, aunque aún no me había tomado el café, ya sabía yo, por las maneras que se gastaban, que aquellos no eran policías de paisano sino ladrones; y quizás algo más. “¿Cómo se le ocurre a tu novio dejar a una flor tan delicada como tú en medio de esta plantación de flores ilegales?”, me decía el falso policía con un tono de violador en serie aficionado a la poesía. Yo estaba callada, maldiciendo en secreto a Marcelo, y pensando que sí, que tenía razón, que mi novio era un peligro y que yo era un desastre por dejarle convertir mi piso en un invernadero industrial de marihuana. Marcelo se había ido temprano de casa y ellos lo sabían, pero parecían ignorar la presencia del pobre Morse, quien debía estar escondido atemorizado por la violenta intrusión.

No era solo la falta de cafeína en mi cuerpo, el olor de las plantas arrancadas me hacía asistir a la escena como si de un sueño se tratase. El falso policía se había metido en mi cuarto a revolver cajones, y como no encontró nada llegó más enfadado de la cuenta. Agarró una rama de esas de apretados cogollos que tanto asco me dan y se puso a acariciarme con ella mientras me amenazaba: “O la nena me dice dónde tiene escondido el dinero o papi le va tener que azotar muy duro”. Cerré los ojos y respiré hondo, más muerta de asco que otra cosa, por aquella rama peluda y pegajosa de tricomas que se me colaba por el escote mientras el violador lírico soltaba frases que en otro contexto me habrían hecho reír: “¿Me vas a decir dónde guardas el dinero o quieres que te sobe con otra rama más gorda?”. Yo iba a decirle que sí, que prefería su pilila rechoncha antes que aquel ramón de marihuana, cuando desde una esquina saltó el Morse dejándose caer con todo su sobrepeso sobre el falso policía, quien perdió de inmediato el conocimiento.

Los otros dos ladrones que estaban arrancando las matas del estudio se acercaron armados con tijeras de poda, pero el Morse, con una inesperada agilidad, agarró una de las pesadas lámparas que colgaba con cadenas del techo y se la lanzó al más alto. Luego cogió uno de los bolsones que estaban repletos de plantas y avanzó hacia ellos hasta arrinconarlos, con tan mala suerte que, cuando ya los tenía a los dos inmovilizados contra la pared, la lámpara que él mismo había lanzado, en el vaivén de vuelta, le golpeó en la cabeza, derribándolo y dejándolo también inconsciente.

Los dos ladrones entonces recogieron al falso policía del suelo, las cuatro bolsas que llevaban cosechadas y se marcharon en un suspiro. Cinco minutos después apareció Marcelo. “¿Qué ha pasado con mi hierba?”, fue lo primero que preguntó.

Me duché para quitarme el pestazo a THC y salí del baño dispuesta a denunciar a los ladrones en la comisaría más cercana. El Morse, en cambio, había vuelto en sí y era más partidario de tomarse la justicia por su mano: “Les voy a cortar las pollas”, repetía obsesivamente.

Marcelo nos convenció de que desistiéramos de nuestros planes. Había que ser discretos si no queríamos acabar en la cárcel por tráfico y por atentado contra la salud pública. ¡Hijos de puta! Era el atraco perfecto: sin denuncia y con una inmediata venta al por mayor de la marihuana robada. “Marcelo, no quiero ver ni una sola planta más en mi casa”, le dije, y, contra lo que yo esperaba, me respondió que así sería, que mi casa estaba quemada, que ya sabían las mafias que cultivábamos y que probablemente volverían otra vez. Había que hacer las maletas.

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