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Probar el chocolate
Ilustración: Cristóbal Fortúnez
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Trini me dice que fume antes una marihuana sativa, que a pelo las primeras veces cuesta trabajo hincarse a un negro superdotado. Por el olor sobre todo: “El hedor a rinoceronte es una barrera, pero si una vence la repulsión encuentra la dulzura de ese perfume especiado. Al final, más que el pollón, lo que nos pone a las blanquitas como a perras es la peste a machote africano”.

Mi problema es que ahora la hierba multiplica el dolor de mi duelo, no porque el comienzo de mi afición cannábica se diera con Marcelo y con Violeta, a los que no he vuelto a ver, sino porque los efectos del THC me amplifican la sensación de abandono y traición. Lo de beber tampoco me gusta, sé que muchas mujeres lo utilizan para desinhibirse sexualmente, pero a mí me da sueño. Lo que de verdad me gustaría sería dormirme durante días, como en esa terapia para yonquis que consiste en sedarte una semana para pasar dormida el síndrome de abstinencia.

Mi amiga Trini, que tiene un furor uterino capaz de tumbar a Nené y a Madú, dos veinteañeros subsaharianos que ha recogido de la plaza de Lavapiés, no se cree mi apatía hacia lo que considera una experiencia ineludible en la vida de toda mujer que busque su plenitud: “Tienes que probar el chocolate, hincarte un buen cucurucho con dos bolas gordas que te quiten el hambre y las penas”.

Yo me la he tomado a broma estas semanas recordándole la falta de pericia de los hombres bien dotados que confían todo su poder al tamaño de su falo, o las quejas de las africanas acerca de sus negros machistas que desprecian el placer femenino y solo persiguen su propia satisfacción. También he discutido con ella acerca del racismo que cosifica a los hombres de color como si fueran objetos sexuales. “Tonterías”, me responde siempre, “si no pruebas el chocolate en barra no tienes derecho a opinar”.

Trini nunca piensa lo que dice, pero tiene un corazón de oro y muchos, como yo misma, que consideramos xenófoba su manera de hablar seríamos incapaces de compartir nuestra casa como hace ella con dos negros llegados en patera. “Tú fúmate un trócolo y deja que el superdotado Nené haga el resto”.

El caso es que ayer, como no tenía ninguna nueva aventura para escribir en esta página, me hice un porro e invité a Nené cuando lo vi salir de la ducha. Nené es guapo y tiene, a diferencia de Madú, todos los dientes en su sitio. Iba solo con los vaqueros, mostrando su pecho de estatua de ébano. Se sentó a mi lado sin dejar de reírse. Como no habla español, no hace falta decir nada, basta con confiar en el lenguaje corporal. Me tocó la rodilla un par de veces y yo me fingí un poco mareada para poder tumbarme con la cabeza apoyada en sus muslos. Se puso a mesarme los cabellos con una de sus manazas. Qué mano tan grande. Cerré los ojos y llevé mi atención al olfato con la decepción de toparme con el olor a desodorante deportivo que se echa Nené en las axilas. Otra vez sería. Escuché su risa y me encontré con su polla gigantesca y flácida. Se la había sacado y la agitaba como un sonajero junto a mi cabeza. Qué polla más grande. Cerré los ojos y dejé que me la refregara por la cara. Nos pusimos de pie y cogí en peso aquel pollón, todavía en reposo, ¿cuánto podía pesar? ¿Un kilo? Me metí en la boca la punta, más no me cabía, y se puso erecta al instante. Era como la de un burro. Sin miedo, cual amazona acostumbrada a cabalgar potros percherones, me monté sobre aquel kilo de carne dura. Algo entró, sí, no mucho, todo lo que podía entrar. Agarré un par de cojines y los puse rodeando la parte de su miembro elefantiásico que había quedado fuera; y empecé a botar. Y me corrí. Muchísimo. Y me salí a tiempo de que Nené se corriera también muchísimo, pringando los cojines y el sofá. Me encantó contemplar aquel negro obelisco eyaculando al aire su esperma grumoso.

Estaba contenta. Como decía la Trini, había probado el chocolate; y no estaba nada malo.

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