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El placer incómodo que produce el cannabis medicinal

¿Puede una persona disfrutar de su cannabis medicinal sin sentirse culpable? Esa incomodidad parece que es más habitual de lo que se cree y persiste incluso cuando existe una receta legal. Tal vez el problema está en que el placer sigue pareciendo sospechoso cuando está en un contexto terapéutico.

Aunque el cannabis medicinal puede ser prescrito en Reino Unido desde noviembre de 2018 por médicos especialistas cuando lo consideran apropiado, la autorización legal no ha conseguido desactivar del todo la sospecha que una sustancia asociada durante décadas al uso recreativo pueda ser, al mismo tiempo, tratamiento, alivio y experiencia agradable. En esa fricción se mueve la paradoja que plantea el medio especializado Leafie, que termina siendo más cultural que clínica y que incomoda a los modelos sanitarios acostumbrados a pensar el medicamento como algo separado del disfrute.

Así lo plantean los testimonios recogidos por este medio británico donde pacientes describen el efecto psicoactivo como parte de una mejora en su calidad de vida, no solo porque reduce síntomas concretos, sino porque cambia la relación con la ansiedad, el ánimo o la percepción del malestar. También hay quienes viven esa misma psicoactividad como una incomodidad, especialmente cuando tienen que trabajar, hacer gestiones o conducir. La experiencia, lejos de poder resumirse en una etiqueta estable, muestra hasta qué punto hablar de cannabis medicinal como si fuera una categoría simple deja fuera buena parte de la vida real de quienes lo usan.

En Reino Unido, además, el acceso sigue siendo limitado y regulado. El Servicio Nacional de Salud británico (NHS, por sus siglas en inglés) recuerda que estos medicamentos solo pueden ser prescritos dentro de condiciones específicas y, en el sistema público, por especialistas hospitalarios o bajo su supervisión. En paralelo, estimaciones difundidas por la UK Medical Cannabis Clinicians Society sitúan en torno a 80.000–90.000 el número de pacientes con cannabis medicinal en el país, una cifra todavía pequeña en términos poblacionales, pero suficiente para hacer visible una conversación que ya no puede reducirse a casos aislados.

Con ese acceso todavía restringido, la conversación deja ver otra capa del problema y que tiene relación con la legitimidad del paciente parece depender a menudo de su capacidad para demostrar sufrimiento y no de la utilidad real del tratamiento. Si una persona siente que debe ocultar la relajación, el bienestar o el placer para que su receta sea tomada en serio, el conflicto deja de estar únicamente en el cannabis y pasa a situarse en una cultura médica y política que continúa separando de forma rígida lo terapéutico de lo recreativo, como si ambas dimensiones no pudieran convivir en una misma práctica.

Más que decidir si las personas con receta “deberían” disfrutar del cannabis medicinal, la cuestión es por qué ese disfrute sigue pareciendo sospechoso. Desde una mirada de salud pública y reducción de daños, reconocer la complejidad del uso terapéutico de la marihuana puede proteger mejor a los pacientes que obligarlos a representar una enfermedad sin placer, sin matices y sin contradicciones.

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