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Por qué algunos viajes psicodélicos parecen colectivos

Es común escuchar historias sobre consumo colectivo de hongos, ayahuasca, LSD u otros psicodélicos donde los que consumieron aseguran haber visto imágenes muy parecidas, recibir mensajes similares o sentir que, de algún modo, compartieron el “viaje”.

Quienes hablan de un “viaje compartido” suelen referirse a coincidencias que parecen ir más allá del azar, porque se repiten visiones con símbolos casi idénticos, mensajes que se repiten o sueños que se entrecruzan dentro y fuera de la ceremonia. Desde la psicología, la primera clave está en la sugestionabilidad y las expectativas compartidas. Las personas llegan con marcos comunes –sanar, conectar, “abrir el corazón”– y, después, la memoria tiende a conservar las coincidencias llamativas y a borrar diferencias, reforzando la sensación de haber estado en un mismo relato.

En un reportaje aparecido en el sitio especializado DoubleBlind retoma conceptos como la sincronicidad de Jung –coincidencias cargadas de significado– y esa impresión de vivir en vigilia algo que ya se soñó. Bajo psicodélicos, nuestra relación con el tiempo y -por ende- con los recuerdos, imaginación y percepción se vuelve más porosa y basta que alguien comparta un tema sensible –un duelo, un miedo, una relación– para que otras mentes, en estado sugestionable, empiecen a soñar alrededor de ese material. Más tarde, esas resonancias se recuerdan como si todas hubieran visitado exactamente el mismo territorio interno.

Desde la neurociencia, se sabe que compuestos como la psilocibina o la LSD actúan sobre los receptores de serotonina 2A y flexibilizan los modelos predictivos del cerebro, aumentando la comunicación entre regiones que normalmente trabajan más separadas.  Este “cerebro más entrópico” se asocia con una disolución parcial del yo y una percepción intensificada de los vínculos

En paralelo, estudios con personas que meditan, cantan o bailan juntas muestran que tienden a sincronizar respiración y ritmo cardíaco incluso sin sustancias. Estas sincronías se interpretan a veces como prueba de campos de conciencia compartida, aunque la evidencia disponible no respalda la existencia de telepatía en sentido estricto.

Por eso y más que preguntar(se) si todas las personas comparten literalmente el mismo viaje, conviene mirar qué revelan estas experiencias sobre nuestra necesidad de vínculo y cuidado mutuo en contextos marcados por el prohibicionismo y por políticas que criminalizan el consumo de drogas.

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