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Trump acelera la vía federal para psicodélicos

Donald Trump firmó una orden ejecutiva para acelerar la investigación y la revisión regulatoria de terapias con psicodélicos en Estados Unidos. La medida pone el foco en los veteranos y coloca a estas sustancias en el centro del debate sobre salud mental y política de drogas.

Con esta orden, la Casa Blanca abre varios frentes a la vez y empuja a distintas agencias a moverse con más rapidez. La FDA deberá dar prioridad a compuestos psicodélicos que ya cuentan con la designación de “breakthrough therapy”, una categoría para tratamientos prometedores que podrían mejorar lo ya disponible, mientras que la propia FDA y la DEA tendrán que definir una vía para que ciertos pacientes accedan a fármacos aún en investigación, entre ellos la ibogaína en el tratamiento del trastorno por uso de drogas.

A eso se suma la instrucción al Departamento de Salud para destinar al menos 50 millones de dólares  a proyectos en estados que ya cuentan con programas o que están desarrollando políticas de investigación sobre estas sustancias. El texto también apunta a una coordinación más estrecha entre Salud, la FDA, el Departamento de Asuntos de los Veteranos y actores privados para ampliar ensayos clínicos y producción de evidencia.

El giro es visible en términos políticos, aunque conviene no confundirlo con una legalización. Ningún psicodélico ha sido aprobado hasta ahora en Estados Unidos y todos siguen sometidos a controles federales severos. Lo que cambia es que estas sustancias dejan de aparecer solo como objetos de prohibición y entran en una conversación pública ligada a la crisis de salud mental y, de forma muy marcada, a la situación de los veteranos. No es un detalle menor cómo la investigación psicodélica para militares ha ganado terreno durante estos años como respuesta al trauma y al TEPT. La Casa Blanca insiste precisamente en ese punto y presenta la medida como una respuesta a quienes han buscado alternativas fuera del país, sobre todo en clínicas mexicanas que ofrecen ibogaína.

Ese desplazamiento político no resuelve, sin embargo, la discusión de fondo. La ibogaína y otros psicodélicos concentran expectativas terapéuticas reales, pero también arrastran zonas grises y vacíos de evidencia que todavía exigen vigilancia. Aun así, el anuncio ya produjo un efecto inmediato y las compañías del sector subieron con fuerza en bolsa y el comisionado de la FDA, Marty Makary, dejó entrever que las primeras decisiones sobre estas terapias podrían llegar en verano, una señal de que el mercado leyó la orden como un recorte del riesgo regulatorio.

Tampoco surge de la nada esta orden ejecutiva, más aún considerando que la DEA solicitó incrementar la producción de los psicodélicos antes de este nuevo empuje presidencial, como parte del abastecimiento para estudios y ensayos clínicos. La prensa especializada coincide en que la orden de Trump no convierte estas terapias en una opción clínica disponible de inmediato ni despeja, por sí sola, los problemas de cobertura, seguridad, protocolos y supervisión. Lo que sí hace es mover la frontera de lo decible y lo regulable en la política federal de drogas.

Con esto, Estados Unidos empieza a flexibilizar su postura en torno a pacientes considerados dignos de excepción, como los veteranos, pero sigue sin plantearse una revisión más amplia de los marcos punitivos que han definido durante décadas su relación con las drogas ilícitas. La apertura, por tanto, puede leerse a la vez como una oportunidad para ampliar investigación y acceso, y como una muestra de los límites políticos dentro de los cuales ese cambio todavía resulta aceptable.

Para el campo psicodélico, la oportunidad es real, pero también lo es el riesgo de que la urgencia política termine pasando por alto a la evidencia científica. Si esta apertura termina ampliando acceso con evidencia,  podría marcar un precedente importante y, si queda capturada por la excepcionalidad de ciertos pacientes, solo habrá cambiado el discurso conservador sin tocar lo esencial.

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