La lógica, en papel, indica que donde hay consumo adulto y reglas estables, también hay viajeros dispuestos a pagar. En destinos con flujo turístico constante, un dispensario puede funcionar como parada obligada, mezclando hospitalidad, entretenimiento y comercio especializado. El problema aparece cuando el espectáculo reemplaza a la operación.
La megatienda de Planet 13 en Santa Ana —unos 5,110 m², escenografía teatral y un pulpo monumental como ícono— encarnó la idea de vender asombro. Sin embargo, según el análisis de Forbes México, el experimento chocó con un modelo que se sostiene con márgenes y rotación, no con fotos. En sus resultados de 2024, Planet 13 reportó ingresos por 116.4 millones de dólares, pero cerró con una pérdida neta de 47.8 millones. Y, como documentó SFGATE, la operación en Santa Ana terminó transferida a Catalyst Cannabis, que llegó con la consigna de ajustar costos y volver a los fundamentos.
La lección no es que el turismo cannábico "no funcione", sino que depende de condiciones como una demanda turística real, costos alineados y una regulación que no cambie el tablero cada temporada. Las Vegas suele citarse como ejemplo de volumen sostenido porque el destino ya está diseñado para el gasto; California, en cambio, recuerda que un mercado grande no garantiza rentabilidad.
Mientras tanto, avanza sigilosamente la normalización. En 2025, la cadena minorista Target confirmó a CBS News que probaba bebidas con THC derivado de cáñamo en algunas tiendas de Minnesota y Bloomberg reportó el movimiento como un hito para una categoría que busca posicionarse en otros segmentos de consumidores y, si el cannabis se integra a los consumos recurrentes del público, el turismo quedará como escaparate y no como sostén de la industria, confirmando que el indicador de madurez de este mercado, quizá no sea el dispensario más grande, sino el que puede sostenerse sin necesidad de espectáculo.