Darren Springer, también conocido como Darren Le Baron. Ilustración de Zyi Studios.
Darren Le Baron describe cómo ese imaginario –hippies, festivales, Silicon Valley– termina funcionando como filtro. Tanto es así que incluso sus propias referencias pasaban por ahí, hasta que empezó a identificar símbolos, deidades y resonancias africanas que no encajaban en la “historia oficial”. Su propuesta no es reemplazar un canon por otro, sino recordar que la relación con el trance, la visión y los ancestros no es una moda reciente, ni un patrimonio exclusivo del Norte global.
Darren sitúa el problema en el daño estructural del colonialismo. No solo por el saqueo material, sino por la ruptura del acceso a lenguas, territorios, rituales y plantas. Para quienes crecieron en la diáspora, ese corte se expresa como una búsqueda sin mapa. Springer insiste en que no se resuelve con consumir sustancias o copiar el formato del retiro contemporáneo, hace falta reconstruir contexto, empezar por la memoria familiar, conversar con mayores, rastrear historias y entender que la espiritualidad –en muchos sistemas africanos– se organiza desde el vínculo con quienes vinieron antes.
Esa reconstrucción, advierte, rara vez puede ser “pura”. Tradiciones afroamericanas como el vudú o la santería aparecen como ejemplos de supervivencia y adaptación bajo violencia e imposición religiosa. La lección sirve para el presente, si la ola psicodélica aspira a ser terapéutica, deberá crear espacios culturalmente situados, capaces de dialogar con comunidades atravesadas por estigma y por los efectos de la guerra contra las drogas.
Aquí aparece el recordatorio material, no solo simbólico, en el uso ritual de Tabernanthe iboga en contextos bwiti de África central convive hoy con el interés global por la ibogaína. Sin marcos de reciprocidad y protección, esa demanda puede convertir una planta sagrada en mercancía extractiva.
La promesa de “sanación” pierde sentido si repite el patrón de tomar, renombrar y vender sin devolver. Mirar hacia África, en este marco, no es exotizar ni romantizar, es asumir que el futuro psicodélico –si quiere ser ético– tiene que practicar reconocimiento, escucha y redistribución. Antes de preguntar qué pueden hacer estas sustancias por nosotros, conviene preguntarse qué le debemos a las historias que las han cuidado.