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Descubren cultivo de cannabis en una mansión de la aristocracia británica

Una redada policial en Plas Glynllifon, en el norte de Gales, sacó a la luz un cultivo de cannabis en la planta superior de una mansión histórica. El hallazgo devolvió a la actualidad un edificio vinculado a la monarquía británica.

Una residencia señorial, asociada a la monarquía, reaparece en las noticias no por su restauración sino por una plantación clandestina de marihuana. Según el reporte difundido tras la redada, los agentes encontraron plantas listas para ser cosechadas en la parte superior del edificio. Además, detectaron manipulaciones en la instalación eléctrica y desvíos en el suministro de agua, dos señales habituales en este tipo de montajes ilegales.

Plas Glynllifon no es una nave industrial ni una casa cualquiera, sino una mansión neoclásica levantada en la década de 1830 dentro de un parque histórico de Gwynedd y vinculado a Carlos III. El edificio forma parte de un conjunto patrimonial ampliamente documentado en Gales y pasó de ser un emblema aristocrático a proyecto frustrado de reconversión, mientras el parque que lo rodea siguió abierto al público y mantuvo su valor paisajístico e histórico.

Vale la pena recordar que, en el Reino Unido, el cannabis sigue clasificado como droga de clase B y su cultivo continúa prohibido, aunque desde 2018 existe una vía legal restringida para ciertos productos medicinales. No por casualidad, el país ha tenido que elaborar una guía oficial para policías sobre cannabis medicinal ante la convivencia entre prescripción legal y prohibición penal. Esa convivencia entre reconocimiento médico limitado y prohibición penal del cultivo recreativo o no autorizado sostiene un mercado clandestino que busca espacios grandes, aislados y fáciles de intervenir. En este caso, el escondite fue una pieza arquitectónica del patrimonio galés.

El episodio revela cómo la economía ilegal del cannabis se adapta a los vacíos de la propiedad abandonada y a la persistencia de un marco prohibicionista que empuja la producción fuera de cualquier control sanitario, laboral o ambiental. El contraste se vuelve más evidente si se mira al mismo tiempo el crecimiento del cannabis medicinal en el Reino Unido. En definitiva, cuando una planta termina cultivándose a escondidas en un palacio venido a menos, la noticia no habla solo del ingenio de sus cultivadores, sino también da cuenta de las formas torcidas que produce la prohibición.

Es por esta razón, que Plas Glynllifon condensa por un lado la ruina de un patrimonio y, por otro, la clandestinidad del cultivo de cannabis. Sin embargo, el cruce no debería leerse solo como anécdota extravagante, sino más bien como síntoma de un Estado que conserva la retórica del control, pero deja crecer mercados grises donde el cannabis simplemente se cambia de cuarto, de sótano o, en este caso, de mansión.

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