Hasta ahora, buena parte de las encuestas nacionales sobre drogas en Estados Unidos no permitía seguir con precisión el uso reciente de psilocibina, porque la sustancia quedaba diluida dentro de categorías amplias como la de alucinógenos o se medía a partir de preguntas sobre consumo alguna vez en la vida. Esa forma de registrar el fenómeno dejaba fuera una diferencia que apuntaba a que no es lo mismo una experiencia aislada hace años que un uso durante los últimos meses. La nueva estimación, elaborada a partir de 58.633 respuestas de la Encuesta Nacional sobre Uso de Drogas y Salud de 2024, ofrece por primera vez una fotografía más cercana al presente.
En el análisis aparecen patrones que ayudan a entender dónde se concentra ese uso, aunque no expliquen por sí solos las razones. Las personas de 18 a 25 años tuvieron mayores probabilidades de haber usado psilocibina que el grupo de 35 a 49 años, mientras que entre los mayores de 50 años la probabilidad fue menor. También se observaron diferencias por sexo y raza ya que los hombres registraron mayores probabilidades que las mujeres y las personas blancas más que las personas negras e hispanas. El estudio detectó, además, una fuerte asociación con el uso de cannabis y con otras sustancias, entre ellas LSD, MDMA y ketamina.
En tanto, las personas que tuvieron un episodio depresivo mayor durante el último año presentaron mayores probabilidades de uso de psilocibina, pero el dato no permite saber si hubo automedicación, búsqueda de bienestar, uso recreativo u otros motivos. Precisamente por esa falta de contexto, los autores señalan la necesidad de que la conversación clínica incorpore preguntas no punitivas sobre psicodélicos, en especial cuando hay depresión, tratamientos con antidepresivos u otros acompañamientos médicos en curso.
Conviene recordar, frente al entusiasmo que rodea a la investigación psicodélica, que los ensayos clínicos con psilocibina funcionan bajo condiciones muy distintas a las del uso cotidiano, sleccionando participantes, dosis definidas y acompañamiento psicológico. Fuera de esos marcos, las experiencias pueden darse en contextos mucho menos previsibles y abrir la puerta a ansiedad, paranoia, malestar psicológico prolongado o interacciones farmacológicas. La cifra, por tanto, invita a pensar qué herramientas de reducción de riesgos para experiencias psicodélicas y seguimiento público hacen falta cuando una práctica deja de ser marginal.
La estimación de 8 millones de personas no convierte a la psilocibina en solución automática, muestra, más bien, que la política de drogas vuelve a llegar tarde cuando solo se basa en la prohibición o los posibles beneficios médicos. Entre ambas posiciones, la vigilancia pública aparece como una herramienta imprescindible para entender quién usa, por qué usa y en qué condiciones.