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La OEA alerta sobre mezclas sintéticas en las Américas

Las drogas sintéticas que circulan en las Américas ya no responden siempre a una sola fórmula ni a un solo nombre. Un informe de la OEA alerta sobre el avance de mezclas imprevisibles, vendidas como productos conocidos, que obligan a repensar cómo se detectan los riesgos y cómo se informa a quienes consumen.

A partir de los datos reunidos por el Sistema de Alerta Temprana de las Américas (SATA), una red regional creada en 2019 para conectar alertas nacionales, laboratorios forenses y señales de amenazas emergentes, el informe “Tendencias de Drogas Sintéticas en las Américas (2019–2025)” plantea que las herramientas clásicas de medición ya no bastan por sí solas. Encuestas de consumo, decomisos y reportes policiales siguen siendo necesarios, pero llegan con dificultad a un mercado que cambia de composición, nombre y apariencia con una rapidez que desborda los tiempos habituales de la respuesta pública.

En ese recorrido, la OEA observa cómo las alertas pasaron de centrarse, entre 2019 y 2021, en sustancias más fácilmente identificables, como MDMA, cannabinoides sintéticos o feniletilaminas, a registrar desde 2022 y 2023 mezclas recreativas vendidas bajo etiquetas populares como tusi, “tuci”, “tussi”, “tucibi” o “cocaína rosada”. Detrás de esos nombres, advierte el organismo, pueden aparecer combinaciones variables de ketamina, MDMA, cafeína y otros componentes, hasta el punto de que para 2024 y 2025 países como Argentina, Colombia, El Salvador, Estados Unidos, República Dominicana y Uruguay ya habían emitido alertas que usaban de forma explícita esas denominaciones comerciales.

 Complejidad de Sustancias en Alertas del SATA 2025

Complejidad de Sustancias en Alertas del SATA 2025.

Más que fijar la atención en una sola sustancia, el boletín sitúa el problema en la inestabilidad de las mezclas y en la dificultad de saber qué contiene realmente aquello que se compra en el mercado ilegal. Junto al “tusi”, el documento menciona la expansión de nitacenos, fentanilo, xilacina y otros compuestos que pueden aparecer combinados con estimulantes, opioides, benzodiacepinas, disociativos, sedantes o incluso aditivos industriales. En esa zona gris, la amenaza no procede únicamente de una molécula nueva, sino de la distancia entre el nombre con que se vende una droga y su composición real.

El informe vincula esa preocupación con episodios recientes que muestran el alcance sanitario de la adulteración, entre ellos el ocurrido en Argentina en 2022, cuando una partida de cocaína contaminada con opioides sintéticos provocó 24 muertes y 80 hospitalizaciones en 48 horas. Aun así, la OEA advierte que los datos del SATA deben leerse como señales de alerta y no como mediciones de prevalencia ya que sirven para detectar dónde y cuándo aparecen sustancias o mezclas, pero no permiten estimar por sí solos cuánto se consume ni con qué frecuencia.

Ante ese escenario, la lectura más relevante no pasa por alimentar el pánico, sino por ajustar la respuesta. La prevención basada solo en nombres de sustancias queda corta frente a mercados ilegales, por lo que la OEA insiste en fortalecer laboratorios forenses y toxicológicos, compartir información en tiempo real, emitir alertas públicas y conectar salud, servicios sociales, aduanas y seguridad. En clave de reducción de daños, el desafío es evidente y resulta más urgente que nunca producir información verificable antes de que la incertidumbre se traduzca en muertes evitables.

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