La justicia estadounidense sostiene que Sebastián Marset encabezó una estructura dedicada a mover toneladas de cocaína desde Sudamérica hacia Europa y a lavar millones de dólares a través del sistema bancario internacional. La DEA lo había incorporado en mayo de 2025 a su lista de fugitivos más buscados y, tras su detención, llegó a describirlo como un “Pablo Escobar moderno”. La frase tiene algo de propaganda policial, que busca instalar la idea de que Marset supera el poder de un narco local y es una pieza de escala continental, capaz de ser el articulador de cadenas logísticas, financieras y políticas mucho más complejas que las del viejo imaginario del capo.
Esa dimensión explica por qué su expediente no se agota en Bolivia, Paraguay o Uruguay y las investigaciones ya habían demostrado que las redes asociadas a su entorno no dependían solamente del transporte de droga, sino también de una infraestructura empresarial y patrimonial apta para absorber, mover y blanquear ganancias. A eso se sumó el escándalo político que provocó en Uruguay la entrega de un pasaporte cuando estaba preso en Dubái, un episodio que expuso hasta qué punto el narcotráfico contemporáneo no avanza solo por corrupción clásica o por intimidación armada, sino también por las zonas grises de la burocracia estatal, la diplomacia y la legalidad administrativa.
El narcotraficante uruguayo Sebastián Marset fue capturado el 12 de marzo en Bolivia y extraditado a Estados Unidos.
Marset condensó, además, una forma de visibilidad que mezcla clandestinidad y exhibición ya que, durante su período como prófugo, su nombre circuló entre entrevistas, videos, inversiones extravagantes y relatos de fuga que parecían diseñados para construir personaje. Esa estética forma parte de una transformación cultural del narcotráfico, donde la marca personal, la circulación mediática y la vida aspiracional conviven con el lavado de activos y la violencia como mecanismos de poder.
Mirado desde una política de drogas centrada en la represión, el caso obliga a desconfiar tanto del mito heroico del gran capo como del triunfalismo de cada captura. La caída de Marset puede interrumpir una trayectoria individual y ofrecer información valiosa sobre una red, pero no altera por sí sola el mercado global de la cocaína ni el ecosistema institucional que permite su circulación.