En el trabajo, los investigadores elaboraron biocompuestos termoplásticos a partir de acetato de celulosa, triacetina como plastificante y partículas de cascarilla de cáñamo previamente modificadas. La apuesta dialoga con los usos industriales del cáñamo, una línea que no se limita a añadir un ingrediente vegetal a un plástico de base biológica, sino que busca comprobar hasta qué punto un residuo agrícola puede integrarse en la estructura del material y mejorar sus propiedades.
Para conseguirlo, las partículas fueron sometidas a distintos tratamientos químicos antes de incorporarse a la mezcla. Según el resumen del artículo, las cascarillas tratadas con soluciones de hidróxido de sodio en concentraciones moderadas ofrecieron los mejores resultados, especialmente entre 8 % y 12 % de NaOH. En esas condiciones, la resistencia a la tracción aumentó entre 21 % y 23 %, el módulo de tracción entre 17 % y 24 %, y la dureza alrededor de 11 % a 13 %, datos que refuerzan el interés por los bioplásticos de cáñamo como campo de investigación aplicada.
Detrás de esa mejora hay una transformación de la propia superficie vegetal. Al reducir parte de la hemicelulosa, la lignina, las proteínas y las grasas presentes en las cascarillas, el tratamiento elevó la proporción relativa de celulosa y generó una textura más rugosa. Esa modificación favoreció, según los autores, una interacción más eficaz entre el relleno de cáñamo y la matriz de acetato de celulosa, de modo que el residuo dejó de comportarse como una carga pasiva y empezó a funcionar como refuerzo del biocompuesto.
También se observó una biodegradación ligeramente más rápida en condiciones aeróbicas cuando se usaron cascarillas tratadas, en comparación con el material base de acetato de celulosa y con las mezclas que incorporaban cascarillas sin tratar. El dato resulta relevante dentro de una búsqueda más amplia de materiales biocompuestos y sostenibles, aunque todavía se necesita saber si este tipo de material puede escalar más allá del laboratorio.