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Las aguas residuales de Madrid revelan más cocaína pero menos cannabis que Barcelona

Un estudio de Madrid Salud y la Universidad Complutense, basado en casi 400 muestras recogidas entre diciembre de 2023 y octubre de 2025 en las ocho depuradoras de la capital, la sitúa por encima de Barcelona en restos de cocaína y muy por debajo en cannabis. La comparación, sin embargo, mide metabolitos en aguas residuales y ofrece una fotografía poblacional útil para seguir tendencias y pensar políticas de salud pública.

Las ciudades también hablan desde sus alcantarillados y, en Madrid, ese lenguaje deja una señal nítida con la cocaína y el cannabis como las sustancias ilegales con mayor presencia en las aguas residuales, seguidas por MDMA, metanfetamina y anfetamina. En comparación con otras ciudades españolas, Madrid registra 369 miligramos diarios de cocaína por cada 1.000 habitantes frente a 349,4 en Barcelona. En cannabis, la relación se invierte con 77,2 en Madrid frente a 220,7 en Barcelona.

Hay que destacar que el propio informe recuerda que se trata de estimaciones agregadas y anónimas, no de una contabilidad de consumidores ni de una medición de prevalencia individual. Lo que se analiza son compuestos expulsados por el organismo y detectados a la entrada de las estaciones depuradoras. En este caso, además, la comparación con otras ciudades españolas y europeas se hace con la media de abril de 2024 de las ocho depuradoras madrileñas, para hacerla coincidir con la base comparativa de la agencia europea. Y esto no es un detalle menor ya que la serie completa del trabajo madrileño va de diciembre de 2023 a octubre de 2025, pero la foto comparada responde a un corte metodológico concreto.

Leído así, Madrid aparece por debajo de Lisboa en cocaína y muy lejos de Ámsterdam en cannabis, MDMA y ketamina. También confirma algo que la epidemiología de aguas residuales viene viendo desde hace años y es que las sustancias tienen su propio pulso en la vida urbana. El cannabis se reparte de manera más estable a lo largo de la semana; el MDMA, en cambio, deja picos asociados al fin de semana y a los usos recreativos. El consumo, por tanto, no sólo tiene volumen y se expresa de forma diferente en el calendario.

En este contexto, Madrid Salud presenta estos resultados como una fuente complementaria a encuestas, incautaciones y datos asistenciales. Esa combinación importa porque evita dos reduccionismos como creer que las drogas sólo se entienden desde el delito o creer que un único indicador basta para describir una escena de consumo. Las aguas no sustituyen la experiencia clínica ni la observación social, pero corrigen puntos ciegos y ofrecen una escala metropolitana difícil de conseguir por otras vías.

Que Madrid supere a Barcelona en cocaína y quede muy por detrás en cannabis no debería usarse para fabricar una idea sobre una ciudad más sana o más “drogadicta” que otra. Lo que muestra, en realidad, es que cada urbe compone su propio mapa de usos, rutinas y contextos. Mirar ese mapa desde la salud pública, y no desde la histeria, sigue siendo una forma más útil de entender qué circula por debajo de la superficie.

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